Al crecer con una mamá polaca y un papá mexicano, he tenido la suerte de experimentar la calidez de dos culturas distintas, cada una moldeando mi comprensión del amor a su propia manera.
Cuando era pequeña, mi mamá me rebosaba todas las noches y nos decíamos: “Te amo más que a nada en el mundo”, como un recordatorio de que nada podía interponerse entre nosotras.
Aunque esa puede ser una forma efectiva de transmitir ese mensaje, ciertamente no es la única, ni quizá la más común dentro de la cultura latine.
Del lado de la familia de mi papá, el amor no siempre se dice. Se demuestra a través de acciones significativas.
Un ejemplo de esto en mi vida ha sido simplemente estar presente. A pesar de un horario de trabajo ocupado y agitado, mi papá siempre ha hecho tiempo para mí. Ya sea para eventos importantes como mi graduación de la escuela superior o para una cena rápida. Siempre ofrece su apoyo, muchas veces a expensas de su propio descanso.
Este énfasis en el apoyo se repite en otros estudiantes latines de DePaul. Diana Torres, estudiante de último año en DePaul, compartió cómo los pequeños actos de servicio en su familia refuerzan el amor y la conexión.
“Cuando mis hermanos y yo nos quejamos de algo, mi papá nos vuelve a llamar con soluciones que investigó en internet”, dijo Torres. “La frase favorita de mi mamá es: ‘todo tiene solución, recuerda que somos un equipo’”.

En muchas familias latines, los actos de amor también suelen servirse en un plato.
La cena raramente es solo una comida. El amor se vierte en cada grano de arroz y se dobla en cada tortilla, servida una y otra vez incluso cuando insistes en que ya has comido suficiente. Es un tipo de lenguaje del amor muy latine, uno que te alimenta primero y hace las preguntas después.
Algunas de mis cenas favoritas son cuando mis tías y primos vienen de México a Chicago. Aunque no compartimos el mismo idioma nativo, nos comunicamos a través de risas y momentos compartidos. Al final de la noche, esos momentos casi siempre se convierten en baile. Mucho baile.
Ese tipo de tiempo de calidad suele servir como una expresión silenciosa del amor en las familias latines. La unión brinda una alegría que no necesita traducción.
Lyllieanna Herrera, estudiante de tercer año en DePaul, dijo que en su familia latine es sumamente importante asegurarse de que todos se sientan vistos.
“Se trata mucho de la inclusión y de asegurarse de que nadie se sienta excluido y de que todos sepan que están apoyados, incluso sin tener que decirlo en voz alta”, dijo Herrera.
El amor, como ella lo describe, no siempre necesita palabras, lo cual es perfecto, porque durante mucho tiempo decirlo en voz alta no fue una opción para mí. Mi abuelita nunca aprendió mucho inglés y, al crecer, yo no sabía mucho español. Mi papá siempre servía como traductor entre nosotras.
Cuando la barrera del idioma daba paso al silencio, ella solía darme regalos para llenar el espacio al que las palabras no podían llegar. Ya fueran bolsitas, dulces o alguna pieza de su colección de joyas, no importaba. Siempre supe que cada objeto se traducía en un “Te quiero”.
Durante mi adolescencia aprendí español y, con el tiempo, llegué a un punto en el que podía entender la mayoría de las palabras y mantener una conversación.
En octubre del 2024, mientras mi papá encendía la parrilla, me senté junto a mi abuelita en la mesa y hablamos de lo de siempre: sus planes para ir a México en invierno, mis planes en la escuela. Fue una de las primeras veces que pude usar mi español para hablar con ella directamente, cara a cara.
Me fui de esa conversación feliz de poder finalmente hablar, sin intermediarios, con alguien a quien había admirado toda mi vida. Hasta el día de hoy, guardo ese momento con mucho cariño, ya que mi abuela falleció en enero siguiente.
Aunque quizá hubo muy pocas palabras entre nosotras a lo largo de los años, nunca faltó el amor. En ese sentido, nada quedó sin decir.
Siempre me he criticado por no haber aprendido español cuando era más joven, porque quería comunicarme con fluidez con ella y con el resto de la familia de mi papá. Pero, de alguna manera, me alegra no haberlo hecho, porque la lección que aprendí no tiene precio.
En mi familia, como en muchas familias latines, el amor va mucho más allá de las palabras.
